Global — 25 de agosto de 2025. Han pasado ocho décadas desde que las bombas atómicas arrasaron Hiroshima y Nagasaki, pero para miles de personas en todo el mundo, los efectos de la radiación aún siguen presentes.
En las décadas de 1950 y 1960, Mary Dickson, residente de Salt Lake City, Utah, fue una de las millones de niñas estadounidenses que practicaban simulacros escolares de “agacharse y cubrirse” ante un posible ataque nuclear. Lo que no sabía era que, a solo unos cientos de kilómetros, el gobierno de EE.UU. detonaba armas nucleares en Nevada, liberando una lluvia radiactiva que impactaría su salud y la de su comunidad.
Hoy, Dickson es sobreviviente de cáncer de tiroides; su hermana murió de lupus, otra batalla contra un cáncer intestinal avanzado y varias sobrinas enfrentan complicaciones médicas. Según cuenta, llegó a contar 54 vecinos con cánceres, abortos espontáneos y enfermedades autoinmunes. “La Guerra Fría para nosotros nunca terminó. Todavía vivimos con sus efectos”, dijo.
Estos sobrevivientes son conocidos como “downwinders”, un término que agrupa a quienes vivieron en áreas afectadas por la radiación, como Utah, Nevada, Arizona, Idaho, Oregón y Washington. La Agencia de Protección Ambiental de EE.UU. confirma que la exposición aumenta considerablemente el riesgo de cáncer, dependiendo de la dosis recibida.
El impacto no se limita a EE.UU.:
- Kazajistán: La Unión Soviética detonó más de 450 bombas en Semipalátinsk. Miles murieron prematuramente y generaciones arrastran secuelas.
- Islas Marshall: Entre 1946 y 1958, EE.UU. realizó 67 pruebas nucleares, con una potencia equivalente a 7,232 bombas de Hiroshima. Cinco islas fueron destruidas y muchas siguen contaminadas.
- Polinesia Francesa: Francia admitió en 2010 que sus pruebas nucleares afectaron la salud de miles de personas, pero gran parte sigue sin compensación.
Aunque la mayoría de los países detuvieron sus pruebas después de 1980, las consecuencias permanecen. Estudios estiman que solo en Nevada, las detonaciones entre 1951 y 1962 podrían haber provocado hasta 212,000 casos adicionales de cáncer de tiroides.
Organizaciones como ICAN y comunidades de sobrevivientes siguen luchando por reconocimiento, compensación y desarme nuclear. Mientras tanto, el pasado continúa vivo para quienes aún sufren enfermedades, pérdidas familiares y daños ambientales irreversibles.
“Muchas personas todavía están pagando el precio”, advierte la investigadora Togzhan Kassenova.