Por Ramón Feliz, abogado y catedrático.
En política, pocas cosas resultan tan difíciles de explicar como la lealtad persistente hacia estructuras que, en la práctica, excluyen y marginan a sus propios cuadros. Eso es precisamente lo que parece estar ocurriendo con parte de la dirigencia municipal del Partido Revolucionario Moderno en Santo Domingo Este, el municipio más grande de la República Dominicana.
El fenómeno, que bien podría calificarse como un “síndrome de Estocolmo político”, se manifiesta en la conducta de dirigentes que, pese a estar fuera del tren gubernamental, continúan mostrando una sumisión incomprensible frente a quienes han sido, en la práctica, sus verdugos dentro del propio partido. No se trata de una crítica ligera ni de una percepción aislada; es una realidad que se comenta en los pasillos políticos, en las bases y en los círculos de poder local.

Resulta contradictorio que figuras con trayectoria, arraigo territorial y peso político como Adán Peguero, quien incluso ha aclarado su situación en el plano judicial, permanezcan relegadas de los espacios de poder. A su lado, nombres como José Sánchez, Porfirio Peralta y el Dr. Vásquez, junto a un amplio grupo de dirigentes municipales, conforman una lista significativa de actores políticos que hoy están fuera del gobierno, a pesar de haber sido piezas clave en la construcción del triunfo electoral del partido oficialista.
La pregunta obligada es: ¿por qué continúan respaldando, defendiendo o, en algunos casos, justificando decisiones que los mantienen excluidos? ¿Qué lógica política sustenta una conducta que parece más cercana a la resignación que a la estrategia?
Santo Domingo Este no es cualquier demarcación. Es el municipio más poblado del país, un bastión electoral determinante y un espacio donde el PRM consolidó gran parte de su fuerza. Sin embargo, esa misma dirigencia que ayudó a construir el poder parece haber sido desplazada por nuevas estructuras o por decisiones centralizadas que han ignorado la realidad territorial.
El silencio, la prudencia excesiva o la esperanza de una eventual reintegración al gobierno han llevado a muchos de estos dirigentes a adoptar una postura pasiva, incluso complaciente. Es ahí donde surge la analogía con el síndrome de Estocolmo: una identificación con quienes ejercen el control, aun cuando ese control implique exclusión, humillación o invisibilización.
Cabe destacar que no todos han optado por esa línea. Figuras como Manuel Jiménez han decidido enfocar su energía en otros ámbitos, alejándose de la dinámica interna del partido a nivel municipal. De igual forma, Merido Torres ha mantenido una postura distante, lo que podría interpretarse como una señal de dignidad política o, al menos, de rechazo a un esquema donde la lealtad no es correspondida.

Este escenario deja en evidencia una crisis interna que va más allá de posiciones o cargos. Se trata de una desconexión entre la dirigencia y las estructuras de poder, de una falta de reconocimiento al trabajo político de base y de una cultura partidaria que, en algunos casos, premia más la cercanía coyuntural que la trayectoria.
Si el PRM aspira a consolidarse como una fuerza política sólida y coherente, deberá revisar estas dinámicas. Porque ningún proyecto político puede sostenerse a largo plazo sobre la base de la exclusión de sus propios líderes territoriales. Y mucho menos en un municipio como Santo Domingo Este, donde la política no se construye desde oficinas, sino desde el contacto directo con la gente.
La lealtad es una virtud en política, pero cuando se convierte en sumisión, deja de ser fortaleza y pasa a ser debilidad. Y en este caso, una debilidad que podría tener consecuencias más profundas de lo que hoy muchos están dispuestos a admitir.




